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| René González de la Vega. La crueldad de la retórica política |
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| Martes, 27 de Julio de 2010 10:37 |
Lo hacemos sin darnos cuenta. Es una forma mecánica de usar nuestro lenguaje. Somos reproductores inconscientes de formulaciones lingüísticamente retóricas: buenos días, feliz cumpleaños, luego te llamo, mucho gusto. Cuando usamos esta clase de frases, en la mayoría de los casos, lo hacemos retóricamente. Cuántas veces estamos realmente interesados en saber cómo le va al prójimo; cuántas veces es para nosotros, verdaderamente, un gusto o un placer conocer a otro. La retórica es una forma que se ha vuelto común en nuestro lenguaje, como en cualquier otro. Decimos cosas sin contenido, sin esperar respuesta e intercambio. Las decimos porque alimentan nuestra sana convivencia. Porque son parte de una aceptable hipocresía que hace llevadera la cotidianeidad de nuestras vidas. Parecería, incluso, civilizado ser retórico. No importa si alguien nos pregunta retóricamente ¿cómo estamos? El caso es que nos lo pregunte; por educación. Aunque estemos mal, deprimidos o con problemas, la respuesta esperada es la de siempre: "Estoy bien". Qué cansado sería que toda vez que hacemos la pregunta nos bombardearan con problemas y vicisitudes ajenas: no nos interesan. Es una mutua cortesía. Un acuerdo de dos vías. Es tan ruin no preguntar como contestar sinceramente a la pregunta. La retórica es una forma hueca de emplear las palabras. Un uso vacío que, en ciertos casos, ayuda a salvaguardar nuestra convivencia. Empero, no en todas las áreas la retórica tiene las mismas consecuencias benéficas o redentoras de la paz social. La política, el derecho y la moral son algunas de estas áreas en las que el uso retórico de las palabras es peligroso, inmoral o ilegitimo; nos arrima a la hipocresía, al cinismo o al desencanto político. La retórica, entonces, puede desencadenar dos clases de resultados: el de la cortesía social y el de la crueldad política. Puede verse como una forma sutil para salir del paso y como una atroz indiferencia. Cuando nuestros intereses y necesidades, nuestras preguntas y deseos, son genuinos, no hay peor castigo que el que alguien los interprete retóricamente; los vea como carentes de valor y huecos de contenido. ¿Hay peor crueldad que la de hablar en serio y que se lo tomen en broma; que se piense que uno sólo habla retóricamente? Como si un salvavidas pensará que el naufrago que pide ayuda sólo está jugueteando en el agua o como el transeúnte que piensa que el mendigo no necesita la limosna. Ellos entienden el reclamo retóricamente. De ahí, se sigue la inmoralidad que hay en que el gobierno piense que los derechos son la retórica de un pueblo traducida en normas. Que no son más que reclamos individuales sin ninguna pretensión jurídica. Óscar Vilhena, profesor brasileño, dice que en materia de derechos humanos ya es hora de preguntarle a quien nos desea un buen día o un feliz cumpleaños qué hará para que tengamos un buen día o un feliz cumpleaños. ¿En el ámbito público, requerimos de ese periodo de "descortesía" para que nuestras necesidades acaben siendo tomadas en serio? Este periodo de erradicación de la retórica política y jurídica ha comenzado desde hace tiempo en Brasil. Allá, sí se animaron a hacer la pregunta de Vilhena. La respuesta del gobierno es interesante. Ahora, se contempla en la Constitución un porcentaje mínimo que debe ser destinado del presupuesto anual para la protección y garantía de los derechos. Así, la Constitución brasileña obliga destinar 25% del presupuesto anual a la educación y 15% a la salud. De esta manera, los derechos han dejado de entenderse retóricamente y han pasado a ser verdaderas obligaciones jurídicas. Reclamos individuales con resultados claros. Interpretar los derechos retóricamente no es una acción hipócrita, es cruel. Shakespeare decía: "Dios os ha dado una cara y vosotros hacéis otra"; ¿hipócrita? Sin duda: se muestra la cara de la dulzura en lugar de la de la amargura. Cruel, es mostrar sinceramente la de la amargura y que ésta se interprete como la de una dulce decepción. Fuente: http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n1723149.htm
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Lo hacemos sin darnos cuenta. Es una forma mecánica de usar nuestro lenguaje. Somos reproductores inconscientes de formulaciones lingüísticamente retóricas: buenos días, feliz cumpleaños, luego te llamo, mucho gusto. Cuando usamos esta clase de frases, en la mayoría de los casos, lo hacemos retóricamente. Cuántas veces estamos realmente interesados en saber cómo le va al prójimo; cuántas veces es para nosotros, verdaderamente, un gusto o un placer conocer a otro.